Holistc Life, Poesia, narrativa.

A oscuras, a escondidas

Luisa se dispuso por fin a levantarse mientras su querida nana Macaria le preparaba su glamoroso y fino vestido, digno de una princesa.

—Vamos, te ayudaré a cambiarte niña Luisa mientras me cuentas todo —dijo la nana.

Luisa se lavó la cara y perfumó su cuerpo mientras su nana alistaba la vestimenta de color azul, lo último de la moda española, realmente monumental. Luisa no disfrutaba el diario calvario de vestir así́. Y es que mientras otras mujeres darían todo por ser como ella, la hija del virrey no era una mujer cualquiera.

Para Luisa era un verdadero vía crucis sentir caer sobre su piel todo ese peso de telas finas. Sintió́ sobre su cuerpo una camisa sumamente adornada con encajes, de mangas amplias y voladas, sujeta por un corsé́ que estrechaba su breve cintura sobre el cual se colocó el jubón, especie de chaleco, que llegaba con sus mangas hasta los codos se adhería al cuerpo, y tenia un amplio escote, que, destacaba las bellas líneas de Luisa. Sobre aquel, Macaria la ayudó a colocar una cotona de tela transparente muy fina que unía la parte delantera y la trasera con cintas atadas. Tratando de hacer incluso más suntuosa la imagen de Luisa, la adornó con collares de perlas, de los cuales sobresalía uno que tenía un pendiente en forma de cruz.

Mientras se ponía las medias de seda que le llegaban hasta encima de las rodillas y solo iban sujetas con un portaligas, Luisa no pudo evitar estremecerse y recordar las manos tibias de su amor.

—Vamos, no suspires niña —le urgió́ la nana mientras le acercaba el calzado que usaría ese día: unos zapatos de tela muy fina, como la seda, con hebillas y detalles en hilos de oro.

Ya casi para terminar, venía la parte más incómoda: colocar bajo su falda las enaguas con volados y puntillas en la parte inferior, para que se apreciaran al levantarse el faldellín. Y por fin la última prenda, el delantal, levantado por ese horrendo e incomodó meriñaque.

Luisa dejó que su nana le peinara el cabello negro, haciéndole unos rizos que luego ornamentó con cintas, alfileres de plata, flores frescas y un peinetón, el cual sostenía un manto para cubrir los hombros y la cabeza. La combinación se veía esplendorosa, enmarcando la tez pálida de Luisa armonizando con su figura elongada y esbelta.

Fragmento del cuento: A oscuras, a escondidas.

Ángeles Casasola / 2012

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